Era un día de invierno, corto, así que madrugando como yo para entrar en el instituto a las 8 todavía era noche cerrada. Como ya conté alguna vez yo vivía en los Rosales, en aquellos tiempos en los que no había microondas, y la leche se calentaba en el cazo de siempre, blanco con cuadritos rojos y negros por fuera, encima del hornillo de gas de la cocina nueva, al lado de la vieja, la bilbaína, la de leña... No podías descuidarte, cuando empezaba a hacer ruido era demasiado tarde, la leche estaba muy caliente, y llegaría tarde porque me demoraría en tomar mi colacao con pan migado, (la historia de mi vida, como el conejo de Alicia en el País de las Maravillas: llego tarde.. llego tarde.. llego tarde. Ecos de ayer hoy y siempre), así que metía la puntita del dedo meñique lo justo para comprobar la temperatura del líquido, era infalible como termómetro.
Mi hermano me vió salir y se ofreció para llevarme con la furgo, ¡estaba tan oscuro!. Yo le dije que no, incluso me apetecía meterme en aquella oscuridad. Por aquel entonces Los Rosales eran cuatro casas levantadas en medio del monte, con calles sin asfaltar y sin alcantarillados, con pequeños y grandes charcos que se congelaban en invierno y se llenaban de renacuajos y luego ranas en Primavera, haciendo las delicias de los más jóvenes del lugar (yo entre ellos). La oscuridad siempre fue atrayente para mí, sin embargo, cuando me alejé lo suficiente del aura de las casas empecé a arrepentirme un poco de mi osada decisión. ¡Era una mañana tan oscura!. Se me hacía tarde, ya no podía dar marcha atrás, pronto sonaría la sirena de Peteiro y yo tenía que estar lejos de allí, en la civilización, a unos 10 minutos más allá siempre a paso ligero, casi corriendo, con la ciudad despertando y las farolas iluminando, y los coches circulando, a salvo de aquella oscuridad. Apreté el paso y mis ojos se fueron acostumbrando a aquellas tinieblas que me permitían avanzar a duras penas, casi de memoria por aquella pista tan recorrida por mí desde que tuve uso, o quizá desuso, de razón.

Varios caminos confluían en aquel principal, que aunque era principal, estaba desierto: sólo yo caminaba por allí. Entonces ocurrió algo que sólo duró unos minutos, aunque a mi me pareció una eternidad. De uno de aquellos caminos salió una figura a unos cuantos metros, los justos para poder distinguirla entre las tinieblas. Oscurísima, avanzaba decidida hacia mí, se cruzaría conmigo en muy poco tiempo, ya que yo también caminaba deprisa. Me asusté un poco, pues era siniestra: no llovía, pero se abrigaba con una prenda oscura con capucha sobre su cabeza, imposible saber si era hombre o mujer. Tenía mediana estatura y, ¡Oh, Dios Mío! ¡lleva algo extraño en su mano!. Intento disimular que no puedo sacar la vista del personaje, y aunque mi cabeza apunta hacia delante, mis ojos miran fijamente para vigilar sus movimientos. Me siento tentada a salir corriendo en sentido contrario, pero mantengo la compostura: "nena, todo tiene una explicación... llegas tarde... avanza y todo pasará como en un mal sueño". Así que sigo caminando decidida. La figura se acerca cada vez más, en vez de seguir en una paralela diría que la línea de su trayectoria se acaba justo en mi persona. Ays, no puede ser que me esté pasando esto, empiezo a asustarme cada vez más considerando la opción de que finalmente decidiese atacarme. El objeto de su mano estaba muy claro ya: ¡era una fouciña! (esto es: una HOZ). ¡La esgrimía con tal destreza y decisión que se diría que tenía el blanco a la vista!.......
El corazón me salía por la boca. Apenas a unos centímetros, la vecina con la fouciña en la mano me espetó: ¡Buenos días!.
"Hola" acerté a decir con un hilillo de voz, y me eché a correr dirección al instituto: ¡llegaba tarde!. Pero más vale tarde.....