
Olvidó por completo lo que iba a hacer y empezó a sentir una música, un ritmo, justo ese ritmo, que no sabía si salía de ella misma o si emanaba del tronco, de las ramas de aquel majestuoso y antiguo magnolio, que estaba esplendorosamente roto en un millón de flores omnipresentes. Fuese como fuese hacía vibrar sus sentidos, sus membranas, sus puntos... erógenos.
Crecía según se acercaba. Cuando estuvo debajo de él la música lo invadía todo, y el justo ritmo golpeaba suavemente, pero con contundencia, la membrana excitable que se había extendido a todo su cuerpo, y que estaba a punto de caramelo cuando empezó a mecerse lascivamente, deseando que ese momento se hiciese eterno. El baile dejó de ser tímido y comenzó a ser lujuriosamente exagerado. No había nada más en aquel lugar, el espíritu del árbol la había elegido como su amante... y ella sólo podía dejarse llevar por aquella poderosa seducción. Siguió moviéndose y dió rienda suelta a sus sentidos que se colmaron inmediatamente dejándola al borde de la sobredosis..
Se dejó caer sobre la alfombra de pétalos... Sin poder evitarlo arqueó todo su cuerpo de forma casi imposible y rozando el dolor entreabrió la boca para dejar salir un apremiante gemido que venía de lo más profundo de su ser... Los demás, incontables que vinieron después, se le resbalaron de los labios atropelladamente. Abrió los ojos pero la visión de aquel cielo azul preñado de exhuberantes flores se le hacía insoportablemente placentero, tanto que temió que todo acabase y los cerró intentando no extasiarse demasiado pronto. Sin embargo había más sentidos en alerta, más agujeros, más entradas, más cauces para llegar a su interior, a su sobreexcitado cuerpo, a su sobreestimulada alma, como su nariz, como sus oídos que sólo escuchaban aquel ritmo que marcaba el fluir de su alterada sangre por todas las arterias, llevándolo a todos los rincones, incluso, y sobre todo, a su palpitante sexo. Quizá se muriese de tanto placer, pero no importaba. Cuando se atrevió a abrir los ojos de nuevo se vio flotando en una lluvia de pétalos rosados, blancos y violetas. Sintió invisibles e infinitos dedos que se escurrían suavemente entre sus ropas y urgentes la iban desnudando, atendiendo a sus ansias de libertad, de entrega. Les ayudó y pronto hubo una dulce mezcla de húmedas y cálidas fragancias en aquel lugar de ensueño que iba más allá de su piel, se precipitaba en su interior sin fondo y salía también disparado hacia el cielo sin poder alcanzar los confines del universo en expansión. Aquello lo era todo. No había nada más.
Y de la nada salieron un par de hombres uniformados que detuvieron e intentaron tapar con una mantita, a todas luces insuficiente, a la trastornada de mirada perdida y satisfecha sonrisa que, desnuda, bailaba bajo el centenario magnolio de los jardines del ayuntamiento.
Una muchedumbre se había arremolinado alrededor sin que nadie, salvo los del 061, se hubiese atrevido a interrumpir semejante espectáculo, respetando el amplio círculo que dominaba el Árbol. Los hombres miraban curiosos y algunos visiblemente excitados. Las mujeres también, pero su mirada se complicaba además con un punto de envidia: ¡cómo les gustaría tener un árbol así en sus jardines particulares!! Aissssss.