Todo empezó en el agua...
Mínima lluvia dorada. ¿Puede una lluvia estar formada por tres pequeñísimas gotas?. Las tres fueron a parar al mismo lugar, un agujero, ínfima puerta permeable que las recogió con avidez y las hizo pasar al otro lado donde la capilaridad las deslizó suavemente a través del papel marcador, o quizá no fue tan suave, quizá fueron empujadas e interrogadas sin tregua, no se podía apreciar tan bien la escena por la ventana a escala con todo el escenario y sus personajes. Bueno, no todos estaban a escala, siempre hay alguno que trasciende, que, tras banbalinas, lo dirije todo... ¿o no? En este caso ella, que después de producir la lluvia portadora de la respuesta como una Diosa del tiempo, era también espectadora, como yo, que primero fui la fuente del dorado conocimiento. Atentas esperábamos la respuesta del oráculo puesto en marcha por la moderna hechicera.
Vimos como la humedad barría el seco medio para producir, casi al final de la ventana, una definida línea, mientras otra, mucho más tenue, se nos aparecía a medio camino entre la última (la llamada línea de control) y el principio del camino recorrido.
- Pues parece que va a ser que sí... - me dijo en tono confidencial y con una tierna sonrisa.
- Sí, eso parece - sonreí ilusionada ante la verdad antes sospechada casi cierta. Casi.
- Vamos a esperar unos segundos, a ver...
La línea era cada vez más clara, hasta que lo fue tanto como la primera en aparecer, la última paralela.
- Es que sí, sin duda. ¿Lo buscabais? -
- Sí - dije rotunda y convencida. Feliz a pesar del tremendo dolor de espalda que tenía.
- Felicidades -
Especial oráculo este que si dice que SÍ es del todo seguro, pero con el No no es de fiar: respetuoso con tu esperanza, o fatal con tu incertidumbre, según cómo se mire...
- Y lo siento - dijo cuando comprobó mis dificultades de movimiento.
- Ya - contesté sabiendo que debía decir adiós al Santo Ibuprofeno y hola al Paracetamol 1 gr, para que me hiciera cosquillas... Aissss
Esto me pasa por ponerme nerviosa con las imparidades y las singularidades. Nos gustan, nos llaman la atención, nos inquietan, pero finalmente buscamos ser pares y plurales, no lo podemos evitar, porque la soledad no es natural, y necesitamos que nos quieran.
Seremos cuatro pues, y seremos felices, ¡cómo hasta ahora!, y comeremos perdices... ¡porque todo va a ir muy bien! ¡¡con dos Reisiños!!